La sensación de.


Sus ojos apretados ante el deslumbre del albor me descubrieron a media sonrisa, resplandeciendo. Brillo que acentuó el color marrón de mis cabellos y un alivio implacable. Improvisada comunión en medio de un sueño pesado, sin palabras frías, vacías, sueltas o fermentadas.

Obedeciendo a un impulso, lo besé. En un beso trepador que nos acurrucó y arrastró a la curiosidad, otra vez. Cerró de nuevo los ojos. Quise vandalizar sus brazos a mordiscos, llenar su cuello de besos y decorar mis dedos con cada una de sus pecas, pero al escuchar el balbuceó de mi nombre y verlo dormitar: me senté junto a él. Abracé mis piernas y recargué sobre la cabecera. El pulcro silencio me otorgó una rara placidez. La nada: caprichosa, anacrónica y a veces profética, mas que una pausa o interrupción fue la antesala de buenas noticias, o al menos, de la sensación de.
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