Las reglas claras


Era casi de madrugada y lluvia ligeramente, sus tacones se habían enlodado mientras corría, era tarde. Se congelaba, sabía terminaba el ritual, libre de su prisión al quedar suelta su correa en apenas unos momentos. 


Se estrechó a su gabardina con la sola idea de regresar a casa, y aunque tenía practica en el posar no podía trazar ningún gesto de agrado, era cuestión de ensayar, más el cinismo le agrietaba cualquier esbozo de indulgencia. Pagaba demasiado caro sus errores, la ingratitud por haber intentado partir antes de saldar su deuda, haber abusado de quien le regalo su corazón; reclamo adicional. ¿Por qué tuvo que enamorarse de ella? Eso no era amor.
Golpeó la puerta.
Guardias saturados de café le dieron la bienvenida. Se fue directo a la sala y puso el dinero sobre una mesa mientras le restregaba con tintes de furia.
- Aquí está su pago.
Él, intercambio algunas miradas mientras contó el dinero, complacido y con el semblante de una fiesta repentina, le reveló en una entonación débil, la bondadosa situación, -No es la cantidad acordada.
- ¿De verdad? –se conmocionaba, rompía en lágrimas al tener que darle la razón- Si, tiene razón. Conté mal. –Empezó a tartamudear, se trituraba su sensación de libertad, intentó pedir clemencia- Permítame un momento: voy por el dinero.
Él, con una máscara de indiferencia le declino la oferta, -No, no se apure. Dejémoslo así. No tiene importancia.
Las reglas eran claras y ella lo sabía, insistió. -¿Qué dice? Claro que tiene importancia. –Gritaba con total angustia- Le doy lo que acordamos.
Él tarareó una canción mientras desabotonaba el pantalón y señalaba.

– No hace falta.
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